viernes, 9 de mayo de 2014

Como el diablo cojuelo

Las casas están abiertas de par en par, aunque tengan reja, para buscar el aire que apacigüe el calor pero también para mostrarse. Muchas casas de Cartagena de Indias parecen tiendas de muebles, de manera que lo que se ve al pasar es un escaparate de tumbonas, sofás, sillones, butacas, aparadores, sillas, mesas, lámparas, tapices, salvamanteles, centros de mesa, mesillas, reposapies, macetas. La calidad, cantidad y prestancia dependen de las posibilidades de los dueños. Unas casas son venidas a menos y muestran su pasado esplendor, otras parecen estar en un obsceno pleno apogeo y las hay, ni siempre en las calles estrechas y traseras, las que enseñan sus miserias y carencias presentes. Todas abiertas de par en par. Aquellas atestadas de objetos sin usar, cuidados, elegidos. Estas con los miserables materiales gastados y rebañados hasta miseria.

Los dueños en camiseta, las dueñas en bata, todos se abanican y se tumban junto a la puerta. El escaparate consiste en una largo pasillo hacia el interior con la pretensión de formar una chimena de aire fresco. Las paredes gruesas contribuyen lo que pueden pero el sopor de la tarde tiene paralizado al viento de manera que los cuerpos rotundos, tumbados o recostados o atravesados, rebosan sudor.

Y pasar por esas casas abiertas de par en par, aunque antepongan la seguridad de la verga de hierro forjado, es convertirse en el diablo cojuelo que husmea sus afanes y construye mentalmente sus biografías. Casas y muestrarios señoriales, expositores de olvidadas grandezas, visiones pos crisis con tumbonas y sillas de plástico.


Lo que las diferencia es la clase, lo que las equipara es la búsqueda de una corriente de aire fresco, la exposición al paseante. Todas en Getsemaní, el barrio donde vivían los esclavos, al otro lado de la Torre del Reloj, hoy un lugar lleno de vida, de color, de música, bullangero, joven. Como el sitio más de verdad, más nativo, por fuera de la ciudad turística.

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